La mezquindad del alcalde Marín

POR: JORGE ENRIQUE PAVA QUICENO

Carlos Mario Marín, más que youtuber, saltimbanqui, histrión, actor dramático o representante teatral (en lo que es un experto), parece tener como vocación real ser protagonista de escándalos vergonzosos y provocador de desestabilizaciones institucionales que están llevando a Manizales a la ruina total. 

Y esta semana no podía faltar su aparición desastrosa, esta vez por cuenta del aparatoso incidente con Arturo Espejo (gerente de Emsa-Lotería de Manizales) y su detención policial en un centro comercial de la ciudad. Todo apunta a que ese infortunado episodio fue orquestado directamente por un alto mandatario, en un acto de deslealtad absoluta y de abuso de poder para acabar de deteriorar la imagen de uno de los subalternos del alcalde, y quien fungió como su mano derecha durante la campaña y los primeros años de gobierno. De ser cierto lo que el propio Espejo ha dejado entrever, sería la demostración de que en este gobierno no existen lealtades, y de que el régimen de degradación personal al que el alcalde somete a sus subalternos, es la principal causa de la volatilidad del gabinete, y de las constantes renuncias en las diferentes carteras.

Porque, paralelo al escandalo con Espejo, se presentan tres renuncias en el gabinete Marín: una, la del secretario del deporte, Carlos Alberto Arias Jiménez (hombre bueno, inteligente, profesionalmente capaz y lleno de virtudes humanas), para aspirar a la alcaldía de Manizales en las elecciones de 2023, según promoción de la propia alcaldía en su redes oficiales, en lo que se constituye en una evidente participación en política y en el anuncio del constreñimiento que se vendrá, en lo cual este alcalde también es experto. Las otras dos, no tan promocionadas por Marín, aducen motivos personales: la del secretario de Educación, Guillermo Orlando Sierra -cuyo único defecto fue haber pertenecido al gabinete de esta alcaldía corrupta- se da a escasos 75 días de haberse posesionado; y la  del secretario de hacienda, John Alexander Alzate, que aduce “diferencias con el alcalde”, después de haberlo cohonestado desde el principio de la administración.

¿Y qué hay de raro en estas renuncias? Nada, si no fuera por que entran a sumarse a un número record de cambios en un gabinete municipal, lo que denota que la inestabilidad emocional del alcalde trasciende su esfera personal y afecta directamente la institucionalidad del municipio. Y si bien es cierto que todas las personas gozamos del derecho a la intimidad personal, en los servidores públicos esta se rompe cuando sus acciones afectan a la comunidad que gobiernan o a quienes se deben. Y, precisamente en el caso del alcalde de Manizales, las versiones de algunos de quienes han pasado por esta administración, es de un constante acoso, de maltratos personales, de persecución laboral, de inestabilidad social y de manipulación emocional. 

Son muchos los que han vivido este infierno y, al tocar fondo, tienen su salvación en la renuncia que los libera de los suplicios causados por un ser que cada vez evidencia más su mezquindad. Es obvio que estas víctimas no se atrevan a hablar, a denunciar o evidenciar lo que les ha sucedido, pues al cabo de su tiempo los hacen sentir cómplices de la debacle administrativa, o los convierten en víctimas de amenazas o extorsiones basadas en truncar su futuro mediante la utilización de un poder que saben magnificar para sus manipulaciones personales, con el goce de total impunidad.

Por todo esto, bien harían estos funcionarios en hablar; en poner en evidencia la tragedia que se vive en la alcaldía de Manizales y cuyo director es el propio alcalde; en delatar las acciones de las que son víctimas y de unirse en un grupo de delación que entraría no solo a reivindicar su dignidad, sino a proteger a quienes tienen que seguir sufriendo los vejámenes de un dictadorzuelo sin escrúpulos que no tiene consideración humana por sus subordinados.

El propio Arturo Espejo podría encabezar esta lista de contritos funcionarios, y contar cómo han jugado con su estabilidad emocional exponiéndolo ante los medios como victimario cuando, al menos en este caso, parece ser una víctima más de su propio jefe. 

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