Mi obsesión

POR: JORGE ENRIQUE PAVA QUICENO

Esta es mi última columna del año. Un año en el que gran parte de este espacio estuvo dedicado a denunciar las aberraciones de una administración perversa, corrupta, atropellante, desvergonzada, inescrupulosa, ineficiente y maquiavélica. ¿Es una obsesión? Es posible; pero tiene una explicación lógica.

Si Usted, amigo lector, es víctima de un robo o una violación ocasional, lo más seguro es que sufra un trauma que le descontrole su rutina, le amargue unos días de su vida, le genere un corto delirio de persecución y le trastorne transitoriamente su entorno laboral y familiar. Pero si ese robo o violación se repite día a día y, a pesar de que lo denuncia ante las autoridades, estas no actúan, se desentienden o, por el contrario, son cómplices de los bandidos, el atropello al que Usted está sometido se vuelve parte de su vida y el descontrol, la amargura, el delirio y el trastorno dejan de ser temporales y se convierten en permanentes. Y entonces debe decidir si entra a convivir con ellos, hace caso omiso, se esconde, lo acepta resignado y se somete a los designios de los bandidos o, por el contrario, monta un esquema de seguridad, los enfrenta, los denuncia en otras instancias, devela sus crímenes y lucha por liberarse de la ignominia. 

Pues, en mi caso, he optado por lo segundo. No estoy dispuesto a permitir que los bandidos que se apoderaron de la alcaldía de Manizales sigan robando y violando todos los cánones de la decencia cobijados por el silencio. No estoy dispuesto a resignarme a que esta hermosa ciudad, que venía en franco crecimiento y era orgullo en Colombia, sufra el desmedro, la deshonra, el saqueo y la degradación ante los ojos de los ciudadanos. Teniendo la oportunidad, la voluntad y el espacio para denunciar, no puedo permanecer callado, máxime cuando la sociedad parece anestesiada y llora en silencio su desgracia.

No puedo permanecer silencioso mientras los gremios se resignan a ver cómo se destruyen los sectores que representan y, algunos de ellos, aceptan sin vergüenza los contratos de la alcaldía; mientras la sociedad civil se duele de la corrupción y, temerosa, se arrodilla ante sus verdugos; mientras en los sectores desprotegidos los niños sufren hambre, las madres gimen su impotencia, las familias se desmoronan en la pobreza y el alcalde, cual vedette, solo atina a hacer presencia rimbombante e inocua para figurar en redes sociales; mientras el comercio nocturno agacha la cabeza, temeroso, sabiendo que en cualquier momento de locura, el alcalde les cierra sus negocios o expide un decreto de última hora afectando sus actividades; mientras los empleados de la alcaldía y sus institutos descentralizados son testigos de los atropellos cometidos, pero se atragantan con su angustia porque saben que su sustento está en manos del déspota mayor; mientras nos mienten con descaro, nos engañan sin disimulo, nos roban sin consideración y nos violan los derechos impunemente.

¿Sería responsable guardar silencio ante tanta bellaquería? ¡No! Y así el grueso de la prensa (con contadas excepciones) haya cambiado su posición coincidencialmente con la irrigación de la pauta publicitaria, algunos de nosotros no estamos dispuestos a cohonestar la corrupción y el desafuero. Estamos seguros de que, en un mundo de silencio, un solo grito se vuelve aturdidor. Y yo, al menos, estoy dispuesto a seguir gritando hasta que la sociedad reaccione. Y por más amenazas, insultos, injurias, tácticas perversas y acusaciones infundadas reciba, más ímpetu tendré, pues la persecución solo demuestra los efectos de esos gritos y el desespero del enemigo. Estoy convencido de que la táctica de Espejo de desprestigiar la oposición con artimañas evidentes, es un boomerang que degollará al lanzador. ¡Y ese Espejo terminará roto en mil pedazos! 

Sí: he posado mis ojos en Carlos Mario Marín con insistencia. Pero no por lo que él significa. Un infante díscolo, egocentrista, megalómano y mitómano no puede causar efectos sentimentales distintos a la lástima. Pero como sus actos atrofian la ciudad y los corruptos que realmente dominan a Manizales se enriquecen impunemente, es posible que se haya convertido en mi obsesión. ¡Lo admito sin ruborizarme porque esa obsesión tiene una noble causa: mi pobre Manizales!

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