Nada es gratis

POR: JORGE ENRIQUE PAVA QUICENO

En medio del proceso de la reforma tributaria, la izquierda colombiana ha tratado de convulsionar aún más el país acudiendo a algunos ciudadanos que salen a protestar como idiotas útiles (cada vez en menor número), sin saber por qué, para qué, ni tras de qué. Si se les pregunta al azar a algunos de los manifestantes, las respuestas son tan diversas como incoherentes, infundadas y absurdas. Dicen rechazar desde una supuesta disminución de recursos para la educación (cuando es históricamente el año en el que más presupuesto se ha apropiado para ese rubro), hasta el disgusto porque han oído hablar de que se beneficia a los grandes empresarios y se perjudica a los pequeños contribuyentes. 

Pero, ¿quiénes realmente son los que protestan? Aquellos que exigen educación gratuita; cobertura en salud sin aportarle nada a la sociedad; alimentación escolar de primera; seguridad en las calles; protección de sus derechos y una gran cantidad de beneficios sociales basados todos en la gratuidad. Aquellos estudiantes que llevan años y años en las universidades públicas, ocupando el lugar de otros que quisieran tener la oportunidad de educarse, capacitarse y servirle al país; aquellos docentes que reciben varias pensiones, más un salario, desplazando a las nuevas generaciones que aspiran al relevo social; aquellos funcionarios sindicalizados que reciben su sueldo sin merecérselo porque su tiempo laboral está dedicado a misiones sindicales; aquellos vagos que reciben dinero por armar revueltas, destruir todo a su paso, y exponer la vida de ciudadanos de bien que resultan envueltos en actos de violencia; aquellos que no tienen nada que ofrecer y por eso esperan que todo les llueva del cielo. Aquellos que exigen que todo sea gratis.

Pero esto es una farsa. Porque, realmente, nada es gratis. Que, por ejemplo, un estudiante de una universidad pública no pague matrícula o pague un valor simbólico, no significa que no cueste. Por el contrario, tiene un costo elevadísimo, muchas veces superior a lo que le cuesta el mismo estudiante a una universidad privada; solo que ese estudiante es subsidiado por todos nosotros, vía impuestos, y no valora lo que tiene. Lo mismo pasa en la salud, seguridad, deporte, etc. Y por eso no podemos aceptar que quienes más beneficios reciben del Estado, sean quienes pretendan paralizar el país saboteando su economía, impidiendo la libre movilización de quienes trabajamos, el desplazamiento y la continuidad académica de quienes sí quieren estudiar, y destruyendo los bienes públicos que están al servicio de todos.

Resulta absurdo que aquellos que solo reciben beneficios del Estado, se empeñen en perjudicar a los inversionistas privados que generan empleo para millones de personas (incluyendo sus congresistas farianos), pagan impuestos, aportan a las entidades de salud, sostienen grandes aparatos productivos que les brindan calidad de vida, etc., pues lo que están provocando con sus actos de vandalismo y con la violación de los derechos de los demás, es acabar con quienes producen para que ellos puedan vivir sin trabajar y gozar de servicios por los que no tienen que entregar nada a cambio. Es decir: se proponen destruir la riqueza de los ricos para lograr la supuesta igualdad en la pobreza. ¡Qué absurdo! 

Es el pensamiento comunista que pretende que a cada quien se le de lo que necesita, generando un resentimiento social que termina desterrando a los dueños del aparato productivo, empobreciendo los países, y volviendo miserable al ser humano. Es el pensamiento que cala demasiado fácil en una generación a la que, desde escuelas, colegios y universidades, les imprimen un odio visceral hacia la supuesta oligarquía, y terminan castrando sus aspiraciones, llenándolos de odio y truncando sus valores.

Bienvenida pues esta nueva reforma tributaria que, de no presentarse ningún nuevo truco ni trapisonda de la izquierda, debe quedar aprobada hoy en la Cámara de Representantes y lista para la sanción presidencial. El país no puede quedar sin un norte económico para darle gusto a una horda de manifestantes que, repito, no saben por qué, para qué, ni con qué objetivo luchan.

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